Certificadas y solas
Viviana Díaz Carvallo, Psicopedagoga Presidenta Fundación Karün

Hay una escena que se repite con tal regularidad en La Araucanía que ya casi parece normal. Una sala municipal, sillas plásticas dispuestas en semicírculo, un pendón institucional al fondo y, al frente, una facilitadora hablando de «empoderamiento», «marca personal» y «propuesta de valor».
Las mujeres asisten, muchas de ellas mapuche, muchas rurales, casi todas con hijos o adultos mayores a cargo, toman apuntes con diligencia, reciben sus diplomas y vuelven a sus casas con una carpeta llena de buenas intenciones y ninguna respuesta para la pregunta que más importa: ¿dónde vendo?
No es un juicio a quienes diseñan estos programas ni a quienes los ejecutan. El problema es anterior y más profundo, es un error de diagnóstico que lleva décadas instalado en las políticas públicas de fomento productivo. Se asume que la pobreza de las mujeres es un problema de habilidades, de autoestima o de actitud emprendedora. Y entonces se interviene sobre eso. Pero la pobreza de las mujeres en esta región no es un déficit de motivación. Es la consecuencia acumulada de mercados que no las incluyen, de trabajos de cuidado que el Estado no reconoce ni remunera, y de un territorio que concentra las peores condiciones socioeconómicas del país.
Los datos son contundentes. La Araucanía encabeza el ranking nacional de informalidad laboral con un 34,7%, casi diez puntos por sobre la Región Metropolitana. Las mujeres de la región registran una tasa de informalidad del 35,9%, con alza interanual. Y el dato que más debería incomodar a quienes diseñan política pública: el 90,7% de las personas que permanecen fuera del mercado laboral por responsabilidades familiares permanentes en nuestra región son mujeres.
No están «inactivas». Están trabajando. Lo que ocurre es que ese trabajo, cuidar a los hijos, a los adultos mayores, al familiar enfermo, trabajar para la comunidad, simplemente no existe para las estadísticas ni para los presupuestos.
Sobre ese suelo ya frágil, el Estado llega con un taller de doce sesiones. Y cuando termina, se va.
Lo he visto de cerca. Una mujer termina el taller con ideas, con ganas, con un cuaderno lleno de anotaciones, y se enfrenta sola a preguntas que nadie le ayudó a responder: ¿dónde vendo?, ¿cómo me certifico sanitariamente?, ¿quién cuida a mi hijo mientras estoy en la feria?, ¿cómo traslado lo que produzco si no tengo vehículo?
Para que esa mujer pueda desarrollar una actividad económica real y sostenida, necesita cosas concretas que hoy no existen articuladas en ningún programa público de esta región. Un espacio de comercialización permanente, físico o digital, no una feria que depende del clima y del presupuesto municipal del año. Capital semilla que considere el ciclo productivo completo, no un cheque simbólico para comprar materiales. Acompañamiento técnico durante al menos un año después del taller, no ocho sesiones y una foto para el informe de gestión.
Que el Estado la incluya como proveedora en sus propias compras públicas, porque el Estado compra miles de millones en bienes y servicios y podría priorizar a emprendedoras locales si quisiera. Y, antes que todo lo anterior, que alguien resuelva con quién deja a sus hijos mientras trabaja.
Sin eso, el taller no es una herramienta. Es una ilusión administrada.
No digo esto para desacreditar a quienes trabajan en estos programas, muchas veces con recursos escasos y con vocación genuina. Lo digo porque ese esfuerzo merece más que seguir repitiendo un modelo que lleva veinte años sin mover los indicadores. Seguimos midiendo el éxito en «número de mujeres capacitadas» cuando la pregunta que deberíamos hacernos es cuántas de ellas tienen hoy un ingreso estable, cuántas acceden a seguridad social, cuántas pueden proyectarse sin depender de que el próximo gobierno renueve el convenio.
La Araucanía es la región con el índice de desarrollo humano más bajo del país. Tiene la tasa de informalidad más alta. Tiene la pobreza multidimensional más acentuada. Y tiene, también, una historia larga de mujeres que sostienen comunidades, crían familias, transmiten cultura y cuidan la tierra con una resiliencia que ningún taller les enseñó. La capacitación no es la falla. Les hemos fallado en construir el ecosistema real que les permita convertir ese trabajo en recursos y así mejorar su calidad de vida.
Quizás sea hora de dejar de preguntarles cómo van a emprender y empezar a preguntarnos por qué el sistema que construimos hace que emprender sea la única salida que les ofrecemos.





