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Dra. Pineda: una historia que Temuco no olvida

Cirujana en tiempos en que el pabellón era territorio de hombres, maestra de generaciones y pionera de la mastología en La Araucanía, se fue a los 51 años. Su huella sigue en los hospitales, en las aulas y en quienes la conocieron.

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Era una mujer pequeña y delgada, de tacos altos y elegantes impermeables, como corresponde a quien hizo su vida bajo la lluvia de Temuco. Se la oía llegar antes de verla: el golpe seco de los tacos en el pasillo anunciaba que venía la doctora Pineda, y los pasillos —esa es la verdad— se enderezaban un poco. Caminaba con un semblante de autoridad que no era pose. Era el rostro que deja el rigor: el de la facultativa, la investigadora y la académica que durante décadas se exigió a sí misma lo mismo que exigía a los demás.

Tenía fama de severa con sus alumnos. Pero quienes llegaron a conocerla —sus pacientes, sus amigos, los estudiantes que temblaron en sus exámenes y hoy la citan con cariño— descubrían que detrás de esa coraza había ternura y una sensibilidad profunda. Quizás las personas de más carácter son también las más sensibles. Quizás el carácter es, precisamente, la forma que encuentra la sensibilidad para abrirse paso en los lugares duros.

Ese carácter lo forjó lejos de las aulas, en Villa Los Boldos, una pequeña localidad de la comuna de Toltén. Desde allí, a punta de esfuerzo y disciplina, logró ingresar a estudiar medicina en una época en que ese camino no estaba trazado para una joven de pueblo. Y con el mismo temple eligió la cirugía, una especialidad dominada entonces, casi por completo, por hombres. No pidió permiso.

Se ganó el pabellón como se gana todo lo que vale: estando, operando, no fallando.

Trabajó en múltiples hospitales de nuestra región, se entregó a la docencia con la misma intensidad con que se entregaba a sus enfermos y, tras años de dedicación, obtuvo un posgrado en mastología en España. Fue, en los hechos, la primera cirujana de patología mamaria formada y titulada en una institución extranjera: un orgullo para La Araucanía y algo más que eso para las mujeres de esta tierra que pasaron por su consulta. “Quizás las personas de más carácter son también las más sensibles”.

Hasta aquí, lo que cabe en una placa. Pero quienes la trataron la recuerdan por otra cosa: por sus manos y por su mirada, por la firmeza que supo dar en el peor día de la vida de tanta gente. Se fue cuando apenas tenía 51 años, y fue doloroso para su familia, para sus amigos y para los pacientes que todavía la nombran.

La “Vivi”, como le decían sus amigos, iba siempre por objetivos superiores: el siguiente título, el siguiente pabellón, la siguiente alumna a la que había que exigirle más porque podía más. Nunca se conformó con lo que a otros les habría bastado, y quizás por eso llegó tan lejos desde tan lejos.

Temuco la conoce… y no la olvida…

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