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Columna de Opinión

Señoras de feria el escaño que nunca tuvo mi abuela

Viviana Díaz Carvallo Psicopedagoga Presidenta Fundación Karün

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Mi abuela fue una mujer de feria. La recuerdo entre los surcos de su huerta, agachada desde
antes de que amaneciera, sacando la tierra de entre las hojas de la lechuga con las mismas manos
con las que después nos peinaba o nos servía la sopa. Cultivaba lo que después cargaba, en
canastos que le pesaban más que el cuerpo, para ir a venderlo a la feria. No conocí a una mujer
más aguerrida. No la vi quejarse jamás, ni siquiera en los días en que el cuerpo ya le pedía
descanso y ella igual salía, porque sabía que de ese esfuerzo dependía la mesa de sus hijos y, más
tarde, la de sus nietos. De ella aprendí que la dignidad no se hereda de un título ni de un cargo, se
construye día a día, con tierra en las manos y la frente en alto.

Por eso, cuando esta semana escuché que en el Senado se usó la frase señora de feria; como
insulto, en medio de un cruce de acusaciones entre parlamentarias, sentí algo que fue más allá de
la indignación política; sentí que le faltaban el respeto a mi abuela, y con ella, a miles de mujeres
que día a día realizan este oficio.

Porque detrás de esa frase hay rostros, hay historias, hay una realidad que quien la pronunció
probablemente nunca tuvo que vivir. Son mujeres que se levantan cuando la ciudad todavía
duerme. Que cultivan su propia huerta o cargan su propia mercadería. Que instalan su puesto
bajo la lluvia de junio o el sol de enero, sin más protección que un plástico y la costumbre de no
quejarse. Mujeres que muchas veces esconden un dolor de espalda, una gripe mal cuidada, un
cansancio que arrastran hace años, porque saben que, si ellas no salen, esa semana no hay
colación para la escuela de los hijos, no hay para la cuenta de la luz, no hay para el remedio que
también hace falta en la casa.

Son mujeres que sacaron adelante generaciones enteras sin haber tenido nunca la oportunidad
que otros sí tuvieron. Que no llegaron al Congreso, no porque no tuvieran capacidad, sino porque
el país no les abrió esa puerta. Y sin embargo, con lo que tuvieron a mano, una huerta, un cajón,
un puesto en la vereda, construyeron algo que ninguna investidura puede igualar: el sustento
diario de sus familias, ganado con esfuerzo propio, feria tras feria, año tras año.

Mi abuela nunca tuvo un escaño, pero sí entregó, con el ejemplo, valores y principios que hoy siguen vivos en sus
hijos y en sus nietos. Esa es una herencia que ningún cargo público puede comprar.

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