Cerca de 600 mil personas mayores viven solas en Chile y crece el desafío de adaptar las viviendas
Según el Censo 2024, el 16,5% de las personas de 60 años o más vive sola y otro 27,5% comparte hogar exclusivamente con personas mayores.

Envejecer en la misma casa donde se ha vivido durante décadas puede parecer una situación natural. Sin embargo, cuando los hijos se van, cambian las condiciones de movilidad o aparecen nuevas necesidades de cuidado, una vivienda que antes funcionaba perfectamente puede comenzar a presentar dificultades para sus habitantes.
Este escenario adquiere especial relevancia en Chile, donde cerca de 600 mil personas de 60 años o más viven solas, según los resultados del Censo 2024 publicados por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y el Servicio Nacional del Adulto Mayor (Senama).
La cifra corresponde al 16,5% de la población mayor del país. A ella se suma otro 27,5% que comparte su hogar exclusivamente con personas de 60 años o más. En conjunto, ambas situaciones representan el 44% de este grupo etario y plantean nuevos desafíos para pensar cómo deben responder las viviendas a las distintas etapas de la vida.
Para Juan Paulo Alarcón, director de Arquitectura de la Universidad Andrés Bello (UNAB), el desafío no consiste únicamente en construir espacios accesibles, sino en diseñar hogares capaces de transformarse junto con las personas que los habitan.
“Es importante disponer de espacios que puedan reconfigurarse con facilidad según las distintas etapas y condiciones de quienes habitan la vivienda. Las dinámicas cambian constantemente: hay períodos en que se vive con niños, otros en que los hijos abandonan el hogar, aparecen necesidades de cuidado o se incorporan adultos mayores. Una vivienda preparada para adaptarse a esos cambios tiene mayores posibilidades de acompañar a sus habitantes durante toda la vida”, explica.
Viviendas que envejecen junto con sus habitantes.
Chile atraviesa una transformación demográfica que está cambiando la composición de los hogares y las necesidades habitacionales.
Según el informe sobre envejecimiento presentado por el INE y Senama el 29 de septiembre, en el país viven 3.665.028 personas de 60 años o más, equivalentes al 19,8% de la población. En 1992, este grupo representaba el 9,7%.
Actualmente, las personas mayores superan en número a los menores de 15 años, con un índice de envejecimiento de 111,9 personas de 60 años o más por cada 100 menores de 15.
Estas cifras abren una discusión sobre la capacidad de las viviendas para responder a cambios en la composición familiar, las rutinas y las necesidades de movilidad de sus habitantes.
Una casa diseñada para una familia con niños puede requerir modificaciones cuando sus integrantes envejecen. Escaleras, desniveles o baños difíciles de adaptar son algunos de los elementos que pueden transformarse en obstáculos para determinadas personas.
Entre las estrategias que pueden facilitar la adaptación se encuentran eliminar desniveles, disponer de dormitorios en el primer piso e incorporar baños que puedan modificarse ante nuevas necesidades de movilidad.
Sin embargo, Alarcón advierte que pensar el envejecimiento exclusivamente desde la dependencia puede llevar a soluciones que no representan la realidad de gran parte de las personas mayores.
“La gran mayoría de las personas mayores son autovalentes y requieren condiciones habitacionales muy similares a las de cualquier otro ciudadano. El desafío no es diseñar viviendas que los aíslen o los traten como sujetos pasivos, sino espacios que les permitan seguir participando activamente de la vida social, comunitaria y urbana”, sostiene.
Desde esta perspectiva, una vivienda preparada para el envejecimiento no necesariamente debe convertirse en un espacio especializado. La clave está en que pueda adaptarse cuando cambian las circunstancias de sus habitantes, sin que ello implique necesariamente abandonar el hogar.
El barrio también determina cómo envejecemos
Las condiciones de la vivienda son solo una parte del problema. La posibilidad de continuar viviendo en el mismo barrio, acceder a servicios cercanos y mantener las redes de apoyo también influye en la calidad de vida durante la vejez.
Una casa puede contar con buenas condiciones de accesibilidad, pero encontrarse lejos de centros de salud, comercio, transporte público o espacios de encuentro. En esos casos, la posibilidad de mantener una vida independiente también depende de cómo está organizada la ciudad
“La permanencia en un mismo barrio es uno de los factores más importantes para la calidad de vida durante la vejez. Mantener los vínculos construidos durante años, conocer el entorno y conservar las redes de apoyo constituye un factor protector que muchas veces resulta tan relevante como las propias condiciones de la vivienda”, señala Alarcón.
Para el académico, este escenario exige pensar barrios donde las necesidades cotidianas puedan resolverse cerca del hogar y donde personas de distintas generaciones compartan los espacios públicos.
“Más que crear entornos especializados exclusivamente para personas mayores, deberíamos avanzar hacia barrios heterogéneos, donde convivan distintas generaciones y donde el envejecimiento sea entendido como una etapa integrada a la vida comunitaria”, plantea.
Esta mirada cobra especial relevancia en un país donde una proporción importante de las personas mayores vive sola o comparte su hogar únicamente con otras personas de su mismo grupo etario.
Aunque estas condiciones no implican necesariamente dependencia ni aislamiento, refuerzan la importancia de contar con entornos que faciliten los desplazamientos, la participación comunitaria y el acceso a servicios.
El desafío para la política habitacional chilena
El envejecimiento de la población también plantea preguntas sobre cómo se proyectan las viviendas nuevas y qué posibilidades existen para adaptar las ya construidas.
A juicio de Alarcón, una de las principales limitaciones es que las soluciones habitacionales suelen concentrarse en las necesidades presentes de las familias, sin considerar suficientemente las transformaciones que pueden experimentar durante décadas.
“En general, las soluciones se diseñan para resolver una necesidad habitacional inmediata, pero pocas veces incorporan una visión de largo plazo que considere las distintas etapas de la vida y los cambios que experimentan las personas y las familias”, afirma.
El académico explica que las intervenciones de accesibilidad son necesarias, pero insuficientes si no forman parte de una planificación más amplia que considere la flexibilidad de los espacios, la integración de distintas generaciones y las características de los barrios.
“El desafío es mucho más amplio: concebir viviendas y barrios capaces de acompañar el aumento de la expectativa de vida y la creciente proporción de personas mayores en nuestra sociedad. No se trata únicamente de adaptar algunos espacios, sino de incorporar el envejecimiento como una variable central en la planificación habitacional y urbana del país”, concluye.




