Pobreza en Chile: lo que nos dejó la Casen 2024
Columna de opinión por Marisol Muñoz, académica de Trabajo Social UNAB.

Durante los últimos días mucho se ha hablado y escrito sobre los resultados de la CASEN 2024 (Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional). Era algo que se esperaba, había mucha atención sobre cuáles serían las cifras arrojadas con la nueva forma de medición de la pobreza y la pregunta que surgía era si Chile sería un país con mayor o menor pobreza.
Finalmente, se reveló que la pobreza en Chile disminuyó, tanto la pobreza por ingresos como la pobreza multidimensional evidenciaron una baja en sus tasas. Son buenas noticias, podemos alegrarnos de que miles de personas dejaron de vivir en condiciones de pobreza.
En Chile, la tasa de pobreza total por ingresos es 17,3% (3.478.364 personas), que se compone de 6,9% (1.381.221 personas) de pobreza extrema y 10,4% (2.097.143 personas) de pobreza no extrema. Esto significa que en nuestro país un 17,3% de la población no logra satisfacer sus necesidades básicas, y dentro de ese grupo, un 6,9% ni siquiera cuenta con los recursos económicos para satisfacer sus necesidades alimentarias.
Por otra parte, la pobreza multidimensional, que también tuvo cambios en su forma de medición, arrojó que un 17,7% de la población vive en esta situación. Esto significa que 3.472.261 personas viven precariamente en más de una de las siguientes dimensiones: educación; salud; trabajo y seguridad social; vivienda y entorno; y redes y cohesión social.
Además, en esta medición se incorporó un nuevo concepto, el de “pobreza severa”, que considera a aquella parte de la población que se encuentra simultáneamente en situación de pobreza por ingreso y de pobreza multidimensional, alcanzando a un 6,1% de la población (1.193.010 personas). Por tanto, estamos frente a una pobreza que es profunda y persistente, que implique que esas personas no sólo tienen falta de ingresos, sino que tampoco logran satisfacer su necesitad de acceso a salud, vivienda, educación, trabajo seguro, protección social, servicios básicos, contar con redes de apoyo, etc.
Podríamos quedarnos satisfechos con estos números, la pobreza disminuyó en Chile. Hoy, las tasas de pobreza por ingresos (extrema y no extrema), pobreza multidimensional y pobreza severa son menores que antes, somos un país menos pobre, y debemos alegrarnos por ello.
Pero ¿Qué ocurre si comenzamos a hilar un poco más fino, dejamos de centrarnos en los números en sí mismos y observamos el trasfondo de las cifras?, cuando nos damos cuenta de que detrás de esos números hay una forma de vivir e incluso de sobrevivir. Qué ocurre cuando empezamos a observar que para miles de personas la precariedad se transforma en una constante, en una condición permanente, desde la cual se debe enfrentar la realidad cotidiana.
El Estado de Chile ha realizado importantes esfuerzos en la generación de políticas públicas y en particular en una serie de políticas sociales que, a través de diferentes beneficios, intentan disminuir la pobreza en nuestro país. Sin duda esto ha impactado positivamente en la vida de miles de personas y familias.
Sin embargo, muchos de estos esfuerzos se han traducido en un aumento de subsidios estatales, reflejándose en esta última medición, que los ingresos autónomos del decil más pobre de la población representan un 30,6% y los subsidios estatales un 69,4% de sus ingresos totales; lo que evidencia que el principal ingreso de esas personas proviene de las transferencias estatales.
A primera vista, la fuente de esos ingresos no debería representar un problema. Pero, al reflexionar un poco más, de alguna forma podemos observar que se ha ido generando una dependencia con el Estado de un sector de la población, que, coincidentemente corresponde al grupo más pobre y vulnerable, a aquellos que viven la precariedad y la desigualdad a diario.
El que un grupo de la población se vuelva dependiente del Estado, ¿No los hace más vulnerables?, ¿No los vuelve menos autónomos? Al presentar un mayor grado de vulnerabilidad y una menor autonomía, ¿Podrían transformarse en un grupo estigmatizado que finalmente enfrente la realidad social en condiciones desiguales?, ¿Acaso podría estar generándose una futura desigualdad como un efecto no deseado de esta dependencia?
Sin duda el país enfrenta un escenario complejo, que exige repensar la forma en que se aborda la reducción de la pobreza en Chile, para que realmente sea sostenible en el tiempo. Nos exige ponernos de acuerdo respecto a cómo diseñar, implementar y evaluar políticas sociales integradas e integrales, que sean capaces de contribuir al desarrollo humano y con ello entonces, contribuir a que las personas tengan mayor libertad.





