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ActualidadColumna de Opinión

Esta sociedad tan egoísta e individualista que se jacta de ser solidaria

Columna de opinión por: Ramón Jarasman (poeta y escritor)

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Chile el país solidario: de «roto a jaguar»

Somos campeones mundiales en solidaridad. Esa era la frase más manoseada por muchos y usada en las discusiones sobre las cualidades del pueblo chileno. Si viajamos en el tiempo y recordamos que éramos conocidos como el «roto chileno»,  después pasamos a  convertirnos en «Los Jaguares de Sudamérica» y nos miraban desde afuera como el país ideal para vivir.  En donde nuestra solidaridad era evidenciada todos los años tras el show de la Teletón o los desastres naturales y geográficos, entiéndase terremotos, incendios forestales, aluviones por decir algo. Ante estos hechos, siempre sale lo mejor de lo nuestro, el desprendimiento y el amor por el prójimo.

El verdadero rostro del chileno

Pero cuando nuestros intereses se ven amenazados por razones de fuerza mayor, cuando existen posibilidades reales de ser contagiados con un virus que se propaga de manera demencial, nuestros instintos nos hacen mostrarnos tal cual somos: «unas bestias, un desprecio de la sociedad, llenos de egoísmo y con un individualismo extremo, que nos hace ser una raza única, una sociedad enferma, con altos niveles de descontrol, que no nos permite razonar y mirar al de al lado», aquel que no puede hacer y conseguir lo mismo que nosotros, al que le cuesta más, aquel que no le alcanza sumar y debe seguir restando.

En resumidas cuentas, los chilenos somos una sociedad egoísta e individualista que lo único que nos interesa es nuestro bienestar y el de los nuestros, y es ahí donde nos nace algún brote de solidaridad, porque nos han inculcado que no estamos libres de caer en desgracia y por el solo hecho de no querer estar en los zapatos del prójimo, hacemos caridad, pero de la manera fácil, desde la boca hacia afuera, desde la puerta cerrada de nuestra casa. Es como tirarle la comida al perro callejero, para que coma algo sin hacerle cariño.

Pero, ¿ser individualistas es tan malo?

Al menos nos entrega seguridad y cuando algo es seguro tiene un lado bueno. Entonces no nos jactemos de ser solidarios, si no lo somos en el día a día. No levantemos banderas de agrupaciones a las cuales no representamos, ni lo haremos nunca, «no seamos sombra en días soleados si nos gusta la lluvia», seamos como somos, pero sin decir lo que hacemos para parecerlo.

Si vamos acaparando con todo, porque tenemos los medios, hagámoslo; no hay problemas, el pez grande se come al más pequeño, es la ley de la vida. Pero recordemos que el pez grande, es también devorado por la industria pesquera. Ahora cuando vas a hacer algo que no te enorgullece, piénsalo dos veces más y no lo hagas, no es necesario acumular, si esa acción hace que otra persona se quede sin tener, lo que tú tienes de sobra.

La conciencia es nuestro mejor juez

Somos una sociedad llena de personas diferentes, pero con líneas que nos unen de alguna manera, para bien o para mal. Podemos ser solidarios, egoístas, individualistas, a veces nos comportamos como personas y otras como bestias. Lo que nos diferencia y nos une, es sin duda el amor, sea este por uno mismo o por el prójimo, por los nuestros o por el resto, aquellos que no siempre estarán ahí para agradecer, que se levantarán para criticar y lanzarte la primera piedra, aquellos que te juzgarán por lo que hagas o dejes de hacer, lo que digas o lo que te reserves. Nadie mejor que tu propia conciencia, será la que te diga si has actuado bien o mal en la vida. el resto no importa, son solo criticas.

Poesía en contingencia

«Frase 4»

Las palabras se contagian con el germen de la desesperación,

vienen cómplices y holgadas, temerosas e impacientes

abren miradas delirantes de pañuelos consternados en filamentos,

verdades se asemejan con nostalgias y empatizan en armonía;

las letras se vuelven calma, en las miradas más dormidas

vale más una pregunta, que responder por la ausencia del sentido.

El equilibrio de las líneas, hace que siga esta iteración, 

el veneno quejumbroso ya se esparce entre las hojas, la tinta se diluye

y la luz deja de ser constante, y envía su destello, convertido en razón…

 

 

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